17.11.14

IV. Un desierto de nimiedades.

Estoy aquí y no me ves,
tras el cristal, en la sombra que proyectan esas sillas vacías,
en el bolsillo del abrigo tirado sobre el sofá.
Estoy aquí y no me ves,
en los platos apilados sin lavar,
en la mancha de carmín que hay en las sábanas y esa fotografía
que descansa en algún cajón de tu escritorio.

Te grito todo el tiempo y mi voz se pierde en el camino a tus oídos,
Apenas una niebla que se dispersa conforme te mueves por la casa.

Tu ignorancia, la inconsciencia,
hacen de mi cuerpo una transparencia
y me estoy desdibujando a medida que me olvidas,
a cada segundo en que otra cosa:
las llaves, la gasolina, los papeles, la cena del próximo jueves,
un examen suspendido, las llamadas de tus padres, el partido,
la cita con el médico, la cena en el fuego, o hacer la colada...
arrebata mi lugar en tu mente,
mi tiempo en tu mente,
mi latido en tu mente.

Donde antes era todo yo, ahora hay un desierto de nimiedades
y estoy aquí y no me ves
y estoy aquí y no me oyes.

Hasta cuándo.


12.11.14

III. Nosotros compartíamos una herida.

Nosotros compartíamos una herida y en nuestras manos estaba:
la labor,
la aguja y el hilo,
el desinfectante y las vendas,
el miedo y el dolor.
Tú en una orilla y yo en otra orilla
y en medio la grieta a un abismo rojo de sangre.
Sólo teníamos que darnos las manos y recordar
que tú y yo somos [éramos] tú y yo,

...
entonces te diste la vuelta y la grieta
se volvió océano.

Y dije: nadaré.
Pero la herida ya no era nuestra, era sólo mía

y

yo

llegué

demasiado

tarde

y



llegaste

demasiado

tarde.


5.11.14

II. Hoy he visto morir un girasol.

Abro los ojos en medio de la claridad más absoluta,
no hay frío y no hay calor, ni un mínimo ruido,
sólo un apacible blanco que lo inunda todo.
Respiro hondo intentando atrapar parte de esa serenidad
que flota por toda la habitación sin llegar a tocarme      que anhelo, de alguna manera,
(en un silencio
que no es silencio, que es el grito y la agonía)
pero nunca alcanza mis pulmones marchitos, y al final se desvanece.

Nada hay dentro de mí que tire hacia afuera;
todo lo que pesa, tras los ojos
dolidos, quebrados, pesados, llorosos.
Entonces recuerdo cuando él dijo que nunca escribiera sobre la muerte
y me río más triste que nunca
porque
cómo no hacerlo
cuando la lluvia se precipita contra el cristal,
cuando las comisuras de unos labios se distienden lentamente después de una sonrisa,
cuando todo lo que hubo tras los suyos [sus ojos] fue el frío de un lunes de octubre.


Así pues,
hoy he visto morir un girasol:
sus pétalos desmayados y vencidos sucumbían sin mostrar resistencia,
la mirada agachada, las hojas aovilladas como un niño lleno de miedos,
el tallo una burla de sí mismo,
     un silencio
     que no era silencio, que era el grito y la agonía
     y al final se desvanece.

No sé. Tenía que escribirlo.


3.11.14

I. Con lo bonitas que tenías tú las manos...

Cuando me miro las palmas de las manos, siempre
vacías y secas, y pienso en todo lo importante:
en el olor del mar y su rugido que tanto me calman,
en el color del techo de mi habitación       que es lo único que veo cuando me rompo,
(y me rompo con frecuencia)
en las personas que me hicieron olvidar que estaba viva porque estaba demasiado ocupada viviendo,
veo ríos,
caballos al galope,
la arena de un desierto que nadie llegó a conquistar
a veces, nubes marchándose muy lejos.

Y todo ello se cuela entre los dedos y desaparece, dejándome
vacía y seca, pensando en todo lo que ya no importa:
en que llegué tarde a alguna parte       aunque no sé exactamente dónde,
en que el teléfono no ha vuelto a sonar desde aquella tarde a las seis,
en que la última vez que besé no me di cuenta de que sería la última vez que besara.

Me duelen heridas que no tengo,  me escuece la sangre bajo la piel
y se me llenan de azul impreciso las cuencas de los ojos,
que no dejo de frotar instintivamente
a menudo por vergüenza.

Pero ya no siento que pierdo el tiempo, sino que me aferro a la idea
de que es es el tiempo quien me pierde poco a poco a mí
tanto que si miro el reloj,
son tres,
cuatro,
cinco,
las horas que he malgastado teniendo miedo
de que las flores se mueran

                      y nunca recuerdo que ya lo están.